No es lo mismo decir “cabrón” que “cabrón”…

Ayer ocurrió algo en Calahorra que demuestra el mal ambiente político que se respira en la ciudad. El Alcalde retiró la palabra de manera sistemática a la oposición y, cuando esta abandonó el pleno en señal de protesta, se pronunciaron palabras duras contra el alcalde, que dijo que eran insultos.

Describamos insulto. El insulto forma parte de la ofensa. No es lo mismo ofender que insultar pero, siempre que se insulta, se ofende. La ofensa  tiene como determinante que la otra persona se siente agredido emocionalmente, para lo cual a veces no es necesario pronunciar una sola palabra. Basta un gesto negativo hacia la otra persona.

También cuenta el contexto. No es lo mismo llamar “cabrón” a un amigo cuando te quita la última patata frita de tu plato, que decirle “cabrón” a un desconocido por el mero hecho de que te ha pisado en la cola del super.

En el contexto de la política, o en las tertulias televisivas de moda, sucede muchas veces que se confunden premeditadamente las predisposiciones emocionales propias o ajenas con el objetivo de sacar rédito político. Ante esto, cabe preguntarse, ¿saben los políticos diferenciar entre una oración calificativa y un insulto? Utilizaré en parte lo que he leído hoy en la brújula sobre lo sucedido en el pleno de anoche.

Decir que en Calahorra se realizan o han realizado operaciones urbanísticas a la carta ¿es un insulto? Puedo comprender que se entienda como insulto las palabras “cacique”, “dictador”, “que te den morcilla” -esto sería más bien una provocación, aunque la provocación forma parte, a veces, de la ofensa o de la mofa-. Ahora bien, existe una sustancial diferencia cuando se le dice a alguien que demuestra tener formas antidemocráticas. Esto en ningún caso sería un insulto. Respondería, en su caso, a la descripción de una situación en el ejercicio de unas atribuciones que son públicas y que están sujetas a la política, a la opinión política. O a la opinión, a secas.

Con relación a esto, a mí me parece que se adopta el victimismo como forma de orillar el debate. Y no me refiero solo a Calahorra. Es la forma de no hablar de lo que la gente necesita o de aquello que, simplemente, no interesa. Resulta desolador asistir a la desidia en el trato a lo que el otro te dice, lo cual implica, en si mismo, una falta de respeto.

Otra pregunta. ¿Qué responsabilidad tiene el que se siente ofendido por cualquier cosa sobre la parálisis de algún asunto público, a causa de no querer ver la realidad?

Podríamos llegar al extremo -y en el Ayto. de Calahorra algunos miembros del equipo de gobierno llegan a esta conclusión con bastante frecuencia- de que no se debatan los contenidos de las propuestas o mociones correspondientes porque son contrarias a la opinión del partido político al que se pertenece. Entonces, el concejal de turno, dice que se está atacando personalmente a alguien. Se toma la parte por el todo y avanzar en una materia es harto imposible.

¿Hasta qué punto sería positivo reconocer ante el otro cuando te has equivocado? ¿O, lo que es lo mismo, dónde está el límite a partir del cual no se debe hacer caso a la reacción emocional del adversario político ante una ofensa? A veces, resulta difícil ser condescendiente con reacciones políticas personalistas cercanas al gimoteo infantil.  En otras ocasiones, se echa en falta la capacidad de tener mano izquierda por parte de los políticos. La tendencia, más bien, es a huir hacia adelante.

¿Quién gana? ¿Quién pierde?

Desde luego, el ambiente político es responsabilidad de todos quienes ejercen las labores de representación. Sería bueno que en el futuro mejorasen, y se basaran en comportamientos humanos más elevados.

La empatía, la humildad, el respeto mutuo no están reñidos con el rigor, la contundencia, el deber de representación, o la defensa de las opiniones propias. El PP pretende tapar una grave ofensa al funcionamiento democrático del pleno con la excusa de que tras 8 retiradas de palabra a los concejales de la oposición, los socialistas se sobrepasaron en sus calificativos -incluso insultaron al Alcalde-. En la frase anterior, la palabra importante es la preposición “tras”; lo cual no justifica nunca un insulto, aunque sí la irascibilidad de la oposición o, cuando menos, su abandono del Pleno.

A intentar saber cuándo estamos ante un verdadero insulto he querido dedicar este post.

Sería bueno que, tal y como propone el PSOE, se reuna la junta de portavoces para que las cosas vuelvan a la normalidad.

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La lista de la compra

la fotoUna reforma electoral; una nueva ley hipotecaria; la ley de transparencia; reformar el modelo territorial; frenar el desempleo -especialmente entre los jóvenes-; saber por donde queremos crecer; garantizar los servicios públicos esenciales; recuperar la autoestima; cambiar partidos y sindicatos… Todo esto aderezado con una dosis de crisis institucional, porque para que una de las instituciones mejor valoradas sea la judicatura y la menor la Monarquía, hay que dar por hecho que existe tal cosa. Y a grandes males, grandes remedios: la lista de la compra en España se llama reforma constitucional.

Este es, a groso modo, el trabajo que tiene por delante nuestro país de cara a la próxima década. Tantas y tantas cosas que hacer y qué poquito ímpetu. Como diría aquel, “demasiado collar para tan poco perro”. ¿Se pueden imaginar ustedes la cantidad de trabajo que puede costar en España –el país de la Constitución del consenso y “hasta nunca”- hacer todo esto? Ustedes imagínense que acabamos de comprar una casa –imaginando mucho hasta podemos pensar que nos dan la hipoteca fácilmente- pero que tenemos que hacer una reforma  porque hemos descubierto problemas en la estructura que va a costar meses solventar. Todo ello supondrá mirar presupuestos de todo tipo y pensar en un sinfín de decisiones que van a abarcar tu vida durante unos pocos meses. Y que de repente, te llega un albañil, de los de toda la vida –imaginen, imaginen que alguno queda- y te dice: “¡Buag! ¿Esto tres meses? ¿tres meses? ¿tres…? Esto, señor, se lo arreglo yo en cuatro semanas y con la gorra”.

Pues bien, yo hace tiempo que pienso que nuestro gobierno no tiene ni rango de albañil: es un peón ordinario. No tengo nada contra los peones ordinarios, conozco algunos y tengo cariño hacia todo lo que tiene que ver el gremio que me ha dado de comer tantos años (y me sigue dando, afortunadamente para mi familia). Pero un peón ordinario no sabe de estructuras. No le es tan fácil, a priori, detectar fallos en la estructura más profundos de lo que a simple vista pueden parecer. Nuestra lista de la compra es amplia y aquí nadie abre de verdad el melón de la reforma constitucional. Aunque, a decir verdad, quizá lo grave de nuestra situación es que incluso un peón ordinario puede sentirla a simple vista, seguramente porque es quien más la sufre.

Políticamente, ningún Estado con el cuadro que presenta España puede sobrevivir muchos más años si no se plantea “¿quién soy?”, “¿de dónde vengo?” y “¿a dónde voy?”. Aquí no nos planteamos tal cosa, sino que recortamos todo aquello que garantiza una mínima solidaridad, empobreciéndonos cada día más y resignándonos a ser el país más desigual de Europa mientras rescatamos bancos y mantenemos subvenciones millonarias en sectores privados cuyos directivos cobran medio kilo al año y/o viven como curas, a la par que lamentamos la cantidad de personas “de la calle” acuden a un centro de beneficencia para que le ofrezcan lo mínimo para subsistir. ¿No querían neoliberalismo? Pues tomen dos tazas.

Los partidos políticos mayoritarios no parecen tener prisa en abrir de verdad el melón constitucional y eso que para tocar el modelo electoral es necesario; para tocar el modelo territorial es necesario; para reformar partidos y sindicatos es necesario; e incluso para garantizar los derechos y para saber hacia donde tienen que ir nuestros principios de política social y económica parece necesario. No digamos si es necesario para reformar la corona; e incluso también para legitimar un régimen democrático que, tal como está, ya no es ejemplo de nada más que de podredumbre.