PODEMOS hacerlo mejor…

No soy partidario de hablar de PODEMOS. Creo que cualquier crítica hacia ellos se convierte en un mayor número de votos para esa formación, no se toma en consideración y tiende a perderse entre el maniqueismo de quienes les apoyan y quienes no; y todo esto, que puede resultar injusto, habla mucho de cómo hemos dejado degenerar las cosas antes de plantear las medidas racionales y necesarias que la gente salga del atolladero. Si los problemas se atajan a tiempo no generan la pasión irracional de los adeptos —o adictos—, que llevan a situaciones como la que me dispongo a describir. Acepto, como es natural, todo tipo de enmiendas.

Creo que PODEMOS ha perdido varias oportunidades en las últimas semanas. La primera de ellas es configurar un partido mediante asamblea abierta que ha dado como resultado un sistema de organización interna que admite con muchas dificultades la entrada de la crítica interna en la dirigencia. Del programa económico, que no es mi fuerte, prefiero no hablar en exceso, pero lo que sí adelanto es que no supone ninguna novedad y se limita a exponer aquello que los demás NO han hecho, o han hecho a medias; de modo que no se asumen riesgos ni se esgrimen propuestas rompedoras y coherentes.

Pero donde a mí particularmente más me están decepcionando —dentro de sus posibilidades, pues soy militante del PSOE—, es en el asunto de la corrupción y de la necesaria actitud ejemplar que se ha de adoptar en estos nuevos tiempos. PODEMOS se ha visto fuertemente favorecido por un discurso vertical basado en otro maniqueismo «PPSOE=casta=los privilegiados VS los no privilegiados=el pueblo». Frente a las actitudes, ciertamente deplorables, de muchos dirigentes políticos de izquierda y derecha en múltiples casos de corrupción, muchos quieren votar a PODEMOS por aquello de «hacer limpieza». Y, en parte, no les falta razón. Por otra, se olvidan de que, al final, somos los militantes de los otros partidos los que tenemos el deber de exigir un cambio de actitud y una asunción inmediata de responsabilidades a nuestros dirigentes.

Desgraciadamente, sea porque les están buscando la vuelta, o sea porque se pilla antes a un mentiroso que a un cojo, o sea por casualidad, los casos de corrupción o las irregularidades que han salpicado en las últimas semanas a Pablo Iglesias —cobrar en negro sin pasar por la casilla de Montoro— e Íñigo Errejón —suspendido de empleo y sueldo de la universidad de Málaga por no tramitar correctamente el tema de las incompatibilidades— han sido afrontadas de una forma nada original para las costumbres de la vieja política: «TODO ES UNA CAMPAÑA CONTRA PODEMOS, ORQUESTADA POR LOS DEMÁS». Mientras, Pablo Iglesias, tan presente antes en medios de comunicación, está casi tan desaparecido como Rajoy.

Yo, exactamente igual que exigiré a los dirigentes de mi partido, esperaba una explicación pormenorizada, una petición de disculpas y todo ello desde el minuto primero, sin tener que atender a los vaivenes y las embestidas de la opinión pública. Esto, en el terreno de la actitud, deberá ser coherente con el terreno de los hechos, de las reacciones frente a sus errores.

De lo contrario, estaremos ante «príncipes del pueblo» que juegan en el terreno del absolutismo moral y de la obediencia ciega, tan de capa caída —y con razón—, en estos nuevos tiempos políticos. Si quieren seguir subiendo en las encuestas estaría bien que se acuerden de nuevo de que muchos los querían porque ofrecían cosas diferentes para tener resultados diferentes.

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Nos piden que lo hagamos

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Aquellos que militamos en partidos políticos perdemos demasiado tiempo en elaborar argumentos que salven nuestros posicionamientos o nuestras decisiones. Y no digamos el precioso tiempo que perdemos en atacar al rival solamente por sacar tajada. No aprovechamos el tiempo suficiente en dar respuesta a los problemas de la gente.

Nos piden justamente lo contrario. Hagamos más y digamos menos. Seamos ejemplo. Las palabras se las lleva el viento y los actos pueden desmentir, de un plumazo, aquellas tesis que con tanta laboriosidad hemos tejido para defendernos de los ataques que recibimos.

El caso más palmario se ha producido esta semana a cuenta de las “tarjetas fantasma” de Caja Madrid y Bankia. Por si alguien todavía no se ha enterado, el asunto es que los miembros del Consejo de Administración de Caja Madrid, y después de Bankia, consumieron 15 millones de euros en gastos de representación, gracias a unas tarjetas de crédito ilimitado. Los consejeros eran nombrados por las autoridades políticas y agentes sociales. Es decir: partidos, sindicatos y patronal. El asunto es grave y por si solo debería conllevar responsabilidades políticas. Ojalá quedara ahí. Además, solo en el último mes, antes del rescate de Bankia -22.000 millones de €-, se gastaron 4 millones de euros. Claro, para lo que les quedaba en el convento… Pero es que resulta que esos gastos no eran reconocidos como parte de las retribución del consejero de turno, sino que eran achacados a un “error informático”, presuntamente de forma deliberada. Solo escribirlo da asco.

¿Cómo van a confiar los ciudadanos en la política? ¿Cómo es posible pedir el voto para transformar, honestamente, la realidad de crisis que nos acucia? ¿Acaso acataríamos de buena gana decisiones de recorte de derechos laborales producidas en un hipotetico diálogo entre patronal y sindicatos? ¿O mediante un pacto de Estado entre las fuerzas políticas? Cualquiera se sonrojaría al pensar que a ellos les afectaría igual esa hipotética reforma.

Ahora se destapan los que en verdad han vivido por encima de nuestras posibilidades. Y los ciudadanos, que son los paganos de toda esta situación, que con sus impuestos rescataron Bankia, mientras perdían sus viviendas, mientras eran estafados con preferentes… nos piden que lo hagamos. Que hagamos lo justo.

Estos días saltaba también la noticia de que Rubalcaba devolvió su tarjeta de crédito de gastos de representación del PSOE sin estrenar. Y yo me he sentido orgulloso de ello. Pues bien: preservemos aquello que nos genera orgullo. No podemos mantener en el mismo barco a quienes nos sacan una sonrisa y a quienes nos provocan arcadas. Nos piden que hagamos lo justo. Nos piden que lo hagamos. Nos piden, a fin de cuentas, no solo que digamos que los vamos a expulsar. Eso está muy bien. Pero es que, sabiendo o sin saber, han sido cómplices de una corruptela.

Por favor, nos piden que los expulsemos del partido. Desde ayer. Hagámoslo.