Tanto si la quieres como si no: el Referéndum es bueno para la Monarquía.

Cuando Juan Carlos de Borbón fue nombrado sucesor le hicieron un regalo envenenado. Sería Rey de España por la gracia de Franco. Nos guste o no este argumento, no deja de ser la realidad.

También es realidad, nos guste o no, que durante la transición, el Rey se encargó de hacer algo, lo que unos llaman un gesto de generosidad, y otros consideramos que era un deber histórico ineludible: posibilitar e incluso fomentar la instauración de un sistema democrático en España. Hacer simplemente a las personas, protagonistas de su futuro. Más o menos como el resto de espejos en quienes entonces España se miraba. Lo que entonces significaba Europa.

Sin embargo, aun con la Constitución aprobada y un par de elecciones generales celebradas, no todos reconocían al Rey como la figura esencial de ese cambio político. Suárez, Carrillo, Fraga, González, Blas Piñar…, otras eran las figuras que, para bien o para mal, acaparaban las miradas.

Desde un punto de vista jurídico- legal podría decirse que la Monarquía fue legitimada en el referendum constitucional. Pero también podría argumentarse, en este punto, que las circunstancias difíciles de esta etapa histórica determinaron que no se plantease decididamente, durante el proceso de elaboración de la Constitución, la cuestión sobre cuál debía ser la forma de la jefatura del Estado. Tan solo el PSOE emitió su voto particular y simbólico a favor de la República, toda vez que el PCE tuvo que pactar con Suárez unas clausulas para su legalización en las que se especificaba la necesidad de acatar la Monarquía para dar estabilidad al nuevo régimen democrático. Hay varios refranes que podrían ejemplarizar aquellas circunstancias: menos da una piedra; o más vale párajo en mano que ciento volando.

Así fue como las fuerzas mayoritarias de la izquierda política aceptaron la Monarquía en 1978. Ahora bien, durante aquellos años y bajo las élites políticas, muchos ciudadanos de la derecha autoritaria nunca perdonaron al Rey haberse desecho del régimen franquista. Muchos militantes de la izquierda comunista nunca perdonaron a Carrillo tan enorme cesión programática. Muchos militantes del PSOE tampoco comprendieron las buenas relaciones del partido con el Rey. En 1981, muchos empezaban a asociar al Rey con el denostado Suárez.

Todo cambió el 23 de Febrero de aquel año. Ese día el Rey apareció como salvador de un régimen político acuciado por el llamado desencanto, y sirvió para reafirmar en la conciencia de millones de españoles el valor de la democracia. No me refiero a esos españoles enórmemente politizados y activos. Hay otros millones de españoles que simplemente requerían de la transición un paso de un régimen a otro en orden y estabilidad. El significado de un Rey y de una Monarquía en semejante momento no podía ser más apropiado. Y aquí se formó un mito en su primera acepción. El rey protagonista de verdad. El rey heroe. El rey salvador. ¿Cómo podíamos haber llamado al Rey cobarde cuando nombró a Suárez? El rey ya era de todos los españoles.

Juan Carlos, cuya legitimidad legal estuvo condicionada por elementos contextuales e históricos innegables, alcanzó entonces una legitimidad carismática que ha posibilitado que una mayoría de personas se declaren, antes que monárquicas, juancarlistas. Tanto es así, que ese argumento, junto con un patriotismo constitucional bastante extendido, han suplido de una forma eficiente los cuestionamientos de legitimidad de origen a la Monarquía. Esto, repetido hasta la saciedad, también es una realidad.

Sin embargo, los últimos acontecimientos relacionados con la familia real conocidos han afeado un reinado que se prometía como el mejor de un Borbón en la historia de España. El cambio social derivado de los años de prosperidad, los avances en la comunicación a través de las nuevas teconologías o la pérdida del respeto histórico de buena parte del periodismo hacia la privacidad de gran parte de la familia real ya eran retos importantes con los que la Corona se enfrentaba. Pero los efectos de la crisis económica, social y política; el incidente de Bostwana; y, sobre todo, las salpicaduras de la corrupción hasta la infanta Cristina… Ha sido demasiado. La Monarquía sacaba una valoración de 3,7 en la última encuesta del CIS. Impensable hace un lustro.

Todos estos hechos han levantado ampollas en muchos sectores de la población que, lógicamente, se han preguntado por la utilidad del Rey cuando la gente lo pasa mal. Aunque sepamos que el Rey reina pero no gobierna, algunos le han pedido mayor involucración para conseguir acuerdos. Otros se han fijado en su posición opaca y de privilegio. La cuestión es que el Rey y sus asesores comprendieron, aunque tarde, que aunque su función sea más bien simbólica, no hay ejemplo que peor y más rápido caiga que un mito.

La caida de ese mito, para una buena parte de la sociedad, ha destapado las cuestiones de legitimidad de origen. Eso imposibilita un debate sosegado y sereno sobre la utilidad pasada, presente y futura de la Monarquía. ¿Es cierto que fue nombrado por Franco? ¿Es cierto que, por activa o por pasiva, hoy somos una democracia liberal homologable? ¿Es cierto que su legitimidad procede más de su carisma que de lo que pone en la Constitución? ¿Es cierto que hay más juancarlistas que monárquicos puros? Son preguntas demasiado fáciles para andar discutiendo.

Hay alguna cosa más que es una realidad. La historia de España demuestra que tenemos la tendencia a agotar los modelos políticos. Los reyes no suelen abdicar salvo Pactos de Ostende (1866) o de San Sebastián (1930). Mueren en el trono.

Yo, que tiendo a pensar bien de la gente, podría interpretar este gesto como el último de un hombre generoso al que hay más que agradecerle que reprocharle. Y mi recomendación a Felipe VI es que tome ejemplo y, via petición al Presidente del Gobierno, convoque un referendum entre Monarquía o República. Si sale la primera, que es lo más probable, nunca nadie podrá volver a decir que la Monarquía en España no tiene legitimidad democrática de origen. Si sale República, tenemos una Constitución que permite su reforma.

Ganar el futuro, con educación

En primer lugar, he de pedir disculpas por haber mantenido este blog sin funcionar durante dos meses. Yo creo que muchos quedamos ciertamente decepcionados por el resultado electoral y hemos permanecido algo dormidos en nuestros espacios personales porque no sabíamos muy bien dónde encontrar la inspiración. En los momentos difíciles es siempre recomendable rebuscar en el interior de uno mismo para ver si podemos volver a encontrar aquello que nos motiva. Yo siempre, desde que tengo recuerdo de conciencia política, me he considerado socialista pero nunca había tenido que enfrentarme a la desafección que supone participar directamente en unas elecciones y perderlas por más margen del predecible, del esperado o del directamente soportable.

De todos modos no penséis que he estado en casa deprimido, que va. Durante la campaña electoral tuve que compaginarla con mi primera inmersión en un aula de secundaria: una gran experiencia que me ha aportado dos conclusiones. 1. Que no es necesaria una reforma legal de ningún tipo puesto que con la normativa actual se pueden ofrecer más que de sobra las alternativas que necesita la educación pública. 2. Dichas alternativas pasan por una mayor formación y preparación del profesorado, por una parte; y por un aumento de los recursos materiales y humanos para atender a la diversidad existente en sociedades postmodernas como las nuestras. Todo ello fue plasmado en un Trabajo Final de Máster que comencé también una vez celebrados los comicios y que me ha llevado semanas, sudor y lágrimas.

El mundo de la educación es tan apasionante que da para grandes reflexiones. De hecho, el otro día tuve la oportunidad de asistir al acto de proclamación de Alfredo Pérez Rubalcaba como candidato a la Presidencia del Gobierno, y dijo cosas muy interesantes, reflexiones que se resumen en una extraída directamente de su discurso:

“Me vais a permitir que hable un poco de educación, que es lo mío.

La educación es mucho más, lo sabéis todos, que una política

horizontal. Es mucho más. Educación es casi todo; es política

económica, porque sólo creceremos si educamos; es política social,

porque la igualdad sigue dependiendo de la educación; es una

política laboral, porque sin educación difícilmente encuentras

trabajo; es hasta política exterior, porque es verdad que hoy los

intercambios educativos son los que hacen y fortalecen la relación

entre los países; es política cultural… es política a secas. Un sistema

educativo es lo que vertebra un país, lo que da fuerza a un país. La

educación es nuestro gran instrumento”.

Agua fresca para nuestro sistema político.

La corrupción vuelve a estar en boca de todos estos días por el caso del ex- Ministro del PP Jaume Matas. No quiero que esto se vea como un alegato a favor del PSOE y en contra del PP, la reflexión que hoy me ocupa es mucho más general, pues la corrupción afecta a una parte no desdeñable del sistema político.
En la RAE, en su cuarta acepción, corrupción viene definida de la siguiente forma:
4. f. Der. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.
Corrupción significa enriquecimiento ilícito gracias a un abuso del poder. Pero también cualquier otra consecuencia no económica derivada del uso del poder con un fin que nada tiene que ver con el interés general.
En este país asistimos a casos de corrupción que tienen que ver esencialmente con dos factores:
– En primer lugar, con una déficit de virtud cívica, es decir, aquella que anima al gobernante a actuar en provecho del bien común y no del propio. Esa virtud viene dada por un sentimiento de pertenencia a una comunidad. Por una vocación de servicio a la comunidad. La virtud es casi sinónimo de patriotismo pues es la dedicación de la vida propia al servicio de tus conciudadanos. Este es el motivo por el cual muchos amamos la política.
En este sentido hay quien ve en la política un instrumento para alcanzar poder y desde ahí extender las ramas de su acomodo personal y de sus allegados. Buscar posición, dinero o influencia para el propio beneficio no significa – y es una obviedad recordarlo- una pérdida de votos únicamente sino una pérdida de legitimidad del sistema democrático y de los partidos políticos. Y lo que es peor, una degradación de la política como profesión e instrumento para la transformación social. Que quede claro que el corrupto hace daño a la comunidad y la defrauda no solo en lo material, sino en lo moral, rebajando autoestima de todo un pueblo, comunidad, nación o Estado.
– En segundo lugar, la corrupción puede estar inmersa en el propio sistema, no como consecuencia de las personas sino de las normas del Estado. Ocurre amenudo que un ayuntamiento depende excesivamente del IBI y del Impuesto por la Recalificación de los Terrenos para poder sostener sus competencias. Competencias que a menudo son más de las que en teoría le tocarían por ley. ¿Podríamos pensar pues que hay quien corrompe por necesidad?
Otro hecho que no podemos dejar escapar es la corrupción del sistema Judicial. El Consejo General del Poder Judicial no es elegido por méritos u oposición sino por cargos políticos y por ideología jurídica – si acaso fuera correcto el término-. PP y PSOE, Conservadores y Progresistas se reparten el órgano, sin que el ciudadano medio lo sepa, condicionando con ello el funcionamiento judicial, y dejando a la altura del barro la necesaria independencia de la Justicia. Esto también es corrupción, por que altera de manera fundamental el funcionamiento de un órgano con respecto a la idea y los fines para los que se crearon, tanto socialmente -de cara a la población- como funcionalmente, dentro del propio sistema político. Casos como los de Garzón, el Estatuto de Cataluña, y algunos casos de corrupción autonómica no avanzan, no porque no existan medios, sino porque los intereses creados alrededor de determinadas figuras públicas impiden una resolución justa, cueste lo que cueste a los actores políticos.
La injusticia puede ser económica, política o social. Y hay una parte de ella que es insalvable. Ningún teórico de filosofía política (ni siquiera Marx) pudo imaginarse un orden social absolutamente justo e igualitario. ¿Quien dice ahora que todos somos iguales?. El problema no es tanto éste, sino que hay cosas que pueden y deben arreglarse, reformarse, transformarse o mejorarse. Y esos cambios no llegan por desidia, intereses, desconocimiento, falta de virtud…Esto crea una sensación de desagravio por parte de los ciudadanos, un sentimiento de incomprensión. Como si les tomáran por tontos. Y este sentimiento -que también es injusto- les hace presas de argumentos totalizadores y antihumanistas en la medida en que no se involucran en el cambio necesario y se ven a si mismos como meros espectadores. Todos somos actores porque todos somos ciudadanos, en los que reside una parte importante de la virtud colectiva.
Recuperar la virtud es uno de los primeros pasos par recuperar el ánimo y la confianza democrática. Referentes sólidos a los que imitar, seguir, e incluso superar. Pero a partir de ahora siempre por arriba, siempre mejorando lo presente, siempre superando con virtudes públicas y una actualización del sentimiento de respeto y servicio al ciudadano. Agua fresca para nuestro sistema político.

Ayer fue 11-M

Ayer fue 11 de Marzo, ayer hizo 6 años del atentado más triste y sanguinario de nuestra historia. Y ayer, una vez más, asistimos a un triste espectáculo: el espectáculo de la división de las víctimas y de los políticos.
Hay quien le echará la culpa a unos u otros, pero el caso es que esta división no es inocente, no es casual y para explicarla hay que buscar en el pasado, demasiado reciente y doloroso aunque el dolor es distinto en función del actor y sus expectativas. En el caso de las víctimas está claro:
– Por un lado, Pilar Manjón, de la asociación mayoritaria de las víctimas del 11 de Marzo es la encarnación de una “mujer coraje” de aquellas fechas. A nadie se le olvida su llanto en la Comisión de Investigación o muchas de sus declaraciones pidiendo unidad y el fin de la división y el enfrentamiento de las víctimas. Por otro lado tenemos a la AVT quien sigue dedicando este día a criticar la política antiterrorista del Gobierno socialista. Y yo me pregunto ¿Qué ha sido de aquel hombre llamado Francisco José Alcaraz? Acordaros. Era aquel hombre al que le hicieron la cama desde la derecha extrema y el PP para reivindicar continuas verdades metidas en su cabeza y de quienes no todavía no aceptaban el resultado electoral. El caso Faisán es ahora su punta de lanza contra el Gobierno. Pero tranquilos, que si no existiera este tema la culpa de que le pongan las ensaimadas frías en el desayuno también serían culpa de Zapatero.
– Por otro lado los medios de comunicación. Entre ellos el Diario el Mundo, la Cadena Cope, El Gato al Agua y La Gaceta (grupo intereconomía), aquellos que amparados en la libertad de expresión e información analizan la realidad de manera sectarias, personalista e irrespetuosa con una profesión que no aman, que es el periodismo. A este respecto os remito al Blog de Raúl Díaz Marín. Yo solo añadiré que, a mi juicio, el periodismo informa e invita a la reflexión configurando una Opinión Pública. Esta Opinión puede estar mediatizada y mercantilizada lo cual rebaja en gran medida su calidad democrática, pero lo que no puede ser es que parte de esa Opinión invite no a la reflexión sino a la represión.
– Por último partidos políticos. Una foto en el Congreso, un acto del ayuntamiento y otro de los sindicatos. Cada cual que vaya al que más le apetezca, esto es un Bufet Libre.
¿Quién sigue teniendo interés en sembrar dudas y discordias sobre la autoría del 11-M, sobre los explosivos, sobre la política antiterrorista, sobre los nombramientos de Rubalcaba y las victorias de Zapatero? Yo os doy una aproximación para que debatamos agusto: O bien miembros de la extrema derecha sus medios de comunicación que no aceptan la democracia; o bien los estrategas de comunicación del PP para tener una bala en la recámara por si la economía repunta.

Historias de las dos Españas.

Podría decirse que la política en España no pasa por sus mejores momentos. El sistema parlamentario, herramienta útil para discutir y dar solución a los problemas del país se ha convertido más que en un activo anticrisis en un campo de batalla campal que lastra las posibilidades de acción política contra la recesión. “Los Grupos Parlamentarios critican al Gobierno que rebaje su plan anticrisis” dice hoy EL PAIS.com. Tienen razón en dos ámbitos, en primer lugar en lo que tiene que ver con los ordenadores portátiles a los alumnos y en la retirada de apoyo a la reforma laboral. Sin embargo, el resto de medidas quedan postergadas a las negociaciones de futuras leyes, que tardarán más todavía en ejecutarse y mientras tanto pagan los ciudadanos. Los ciudadanos estamos cada vez más desamparados ante la crisis.

Ha llegado un momento en el que el discurso de nuestros políticos es solamente lo “oficial”, algo que nada tiene que ver con las necesidades “reales” de la sociedad. Todo queda postergado, los anuncios se descafeinan a los 3 días y el compromiso de acuerdo de los grupos parlamentarias dura lo que una gota de agua en ser absorbida en el desierto. De nuevo expongo mi tesis de irresponsabilidad de la oposición que critica al Gobierno haber rebajado sus planes anticrisis sin apenas haberse acercado a la simple idea de un gran pacto por un nuevo modelo de crecimiento, algo necesario, algo que implica muchas reformas y de las cuales pueden sacar tajada y aportar un granito de arena. Estamos ante el Gobierno del “buenismo” y del talante, sin embargo, después de llevar meses demostrando la soledad del Gobierno, el debate sobre el estado de la nación y las resoluciones del Congreso hubieran sido el mejor escenario para mostrar algo de unidad y confianza. Si el Gobierno está tan debil ¿Por qué nadie se atreve a forzarle a pactar grandes mayorías? Fue lamentable ver la semana pasada como todos los grupos barrían para casa, ante algunos ciudadanos estupefactos que esperan de allí un gran pacto. Ningún partido de la oposición se a achantado, nadie ha dado su brazo a torcer y así, necesariamente las medidas prometidas se quedan en agua  de borrajas.
Pero olvidémonos de eso. No hay pactos ni los va a haber, y lo que en realidad comienza a aflorar es un discurso parecido al de las dos españas que Ortega señalaba en su época. “Dos Españas señores, están trabadas en una lucha incesante”. Una era la que aspiraba a cambiar las cosas, inmersa en la sociedad civil y apartada del poder por la otra, encarnada en la oligarquía dominante, conservadora y moribunda. Son la España “real” y la “oficial” de Joaquín Costa. La que sufre y la que observa desde sus escaños impasible como sus retrasos, su falta de compromiso y su irresponsabilidad afectan de manera impune al ciudadano.