Agua fresca para nuestro sistema político.

La corrupción vuelve a estar en boca de todos estos días por el caso del ex- Ministro del PP Jaume Matas. No quiero que esto se vea como un alegato a favor del PSOE y en contra del PP, la reflexión que hoy me ocupa es mucho más general, pues la corrupción afecta a una parte no desdeñable del sistema político.
En la RAE, en su cuarta acepción, corrupción viene definida de la siguiente forma:
4. f. Der. En las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores.
Corrupción significa enriquecimiento ilícito gracias a un abuso del poder. Pero también cualquier otra consecuencia no económica derivada del uso del poder con un fin que nada tiene que ver con el interés general.
En este país asistimos a casos de corrupción que tienen que ver esencialmente con dos factores:
– En primer lugar, con una déficit de virtud cívica, es decir, aquella que anima al gobernante a actuar en provecho del bien común y no del propio. Esa virtud viene dada por un sentimiento de pertenencia a una comunidad. Por una vocación de servicio a la comunidad. La virtud es casi sinónimo de patriotismo pues es la dedicación de la vida propia al servicio de tus conciudadanos. Este es el motivo por el cual muchos amamos la política.
En este sentido hay quien ve en la política un instrumento para alcanzar poder y desde ahí extender las ramas de su acomodo personal y de sus allegados. Buscar posición, dinero o influencia para el propio beneficio no significa – y es una obviedad recordarlo- una pérdida de votos únicamente sino una pérdida de legitimidad del sistema democrático y de los partidos políticos. Y lo que es peor, una degradación de la política como profesión e instrumento para la transformación social. Que quede claro que el corrupto hace daño a la comunidad y la defrauda no solo en lo material, sino en lo moral, rebajando autoestima de todo un pueblo, comunidad, nación o Estado.
– En segundo lugar, la corrupción puede estar inmersa en el propio sistema, no como consecuencia de las personas sino de las normas del Estado. Ocurre amenudo que un ayuntamiento depende excesivamente del IBI y del Impuesto por la Recalificación de los Terrenos para poder sostener sus competencias. Competencias que a menudo son más de las que en teoría le tocarían por ley. ¿Podríamos pensar pues que hay quien corrompe por necesidad?
Otro hecho que no podemos dejar escapar es la corrupción del sistema Judicial. El Consejo General del Poder Judicial no es elegido por méritos u oposición sino por cargos políticos y por ideología jurídica – si acaso fuera correcto el término-. PP y PSOE, Conservadores y Progresistas se reparten el órgano, sin que el ciudadano medio lo sepa, condicionando con ello el funcionamiento judicial, y dejando a la altura del barro la necesaria independencia de la Justicia. Esto también es corrupción, por que altera de manera fundamental el funcionamiento de un órgano con respecto a la idea y los fines para los que se crearon, tanto socialmente -de cara a la población- como funcionalmente, dentro del propio sistema político. Casos como los de Garzón, el Estatuto de Cataluña, y algunos casos de corrupción autonómica no avanzan, no porque no existan medios, sino porque los intereses creados alrededor de determinadas figuras públicas impiden una resolución justa, cueste lo que cueste a los actores políticos.
La injusticia puede ser económica, política o social. Y hay una parte de ella que es insalvable. Ningún teórico de filosofía política (ni siquiera Marx) pudo imaginarse un orden social absolutamente justo e igualitario. ¿Quien dice ahora que todos somos iguales?. El problema no es tanto éste, sino que hay cosas que pueden y deben arreglarse, reformarse, transformarse o mejorarse. Y esos cambios no llegan por desidia, intereses, desconocimiento, falta de virtud…Esto crea una sensación de desagravio por parte de los ciudadanos, un sentimiento de incomprensión. Como si les tomáran por tontos. Y este sentimiento -que también es injusto- les hace presas de argumentos totalizadores y antihumanistas en la medida en que no se involucran en el cambio necesario y se ven a si mismos como meros espectadores. Todos somos actores porque todos somos ciudadanos, en los que reside una parte importante de la virtud colectiva.
Recuperar la virtud es uno de los primeros pasos par recuperar el ánimo y la confianza democrática. Referentes sólidos a los que imitar, seguir, e incluso superar. Pero a partir de ahora siempre por arriba, siempre mejorando lo presente, siempre superando con virtudes públicas y una actualización del sentimiento de respeto y servicio al ciudadano. Agua fresca para nuestro sistema político.