Bajar impuestos: ese peligroso mantra…

El PP está perpetuando una preferencia programática muy arraigada ya en nuestra cultura política: y es que un partido que no promete una bajada de los impuestos (en general) no es capaz de articular una oferta de política económica viable. Ya se inició esa moda en 1996 con el Gobierno de Aznar, la siguió Zapatero cuando afirmaba aquello de que “bajar impuestos también es de izquierdas” y ahora parece ser que el debate va de nuevo encaminado a apuntalar estas tesis, descontextualizada y como un fin en si mismo. Y lo está haciendo paradójicamente a través de un debate interno que se reproduce en las tertulias y los principales medios de comunicación, más pendientes de lo que este debate supone dentro del liderazgo del PP que en la importancia de reordenar la política fiscal en España que, en realidad, no es un fin sino un instrumento de política económica que debe adecuarse a las necesidades de la economía.

Porque efectivamente, el debate sobre fiscalidad es fundamental para el futuro, porque a mi modo de ver, después del sistema territorial y electoral,  el fiscal es el  tercer puntal del Estado que más hecho añicos está de nuestro país, porque en parte explica las dificultades para luchar contra la crisis económica que padecemos.

Pero el debate entre el Gobierno de Mariano Rajoy, donde se sostiene que han tenido que subir los impuestos para evitar el rescate, y ahora de repente se habla de que nos salvaron de un “crack”, de una “bancarrota” –véase editoriales de ABC o La Razón de hoy-; y Esperanza Aguirre, que exige una bajada generalizada de los impuestos para cumplir con el programa electoral, lo que no deja de ser otra oportunidad aprovechada por Aguirre de meterle el dedo en el ojo al Gobierno aprovechando una propuesta socialista para salir de la crisis. Este debate  está dando como resultado que el Gobierno prometa que, en cuanto pueda, -es decir, en cuanto la situación económica mejore- acometerá una bajada generalizada de los impuestos, igual que lo hiciera Aznar en su día. De esta forma se trata de perpetuar la opción por la política fiscal cíclica mediante la cual en épocas de expansión bajamos los impuestos para que, cuando llegue otra crisis nos veamos con el agua al cuello y no tengamos otra opción que añadir al paro, un aumento de la presión fiscal que vuelva a castigar la actividad y el consumo. Esta será la consecuencia de no explicar correctamente cual es el deber del Estado con respecto al sistema fiscal, sostenedor en primera instancia de los servicios públicos esenciales que son los que, finalmente se verían sometidos a más recortes.

Bajar los impuestos es probablemente la opción más recomendable en época de recesión, y además estaría bien aumentar el gasto público, especialmente en inversiones productivas. El problema es que España se comió su margen de reducción de impuestos durante la época de bonanza mientras gastaba por doquier en obras faraónicas, ladrillo y escasas inversiones para modernizar y diversificar la estructura productiva. Al calor de un crecimiento que ahora sabemos que fue artificial, hicimos una política fiscal cíclica –bajar los impuestos y aumentar los gastos- y para luchar contra la crisis seguimos haciendo una política fiscal –subir los impuestos y recortar los gastos- que ahonda la crisis, especialmente de los que menos tienen. La solución por tanto es complicada y compleja. ¿Qué hacer? Ahí está la cuestión. Parece claro que el fracaso de la receta de la austeridad está dando lugar a debates sobre cómo crecer lo suficiente para crear empleo. Pero hay un debate de fondo que es el que más sufre la gente: ¿la prioridad de crecer será de nuevo para pagar la deuda o para garantizar un sistema de bienestar? ¿o mejor hacemos lo que en tiempos de bonanza fuimos incapaces de acometer, que es una diversificación, modernización e internacionalización de nuestra actividad? ¿se pueden hacer las dos cosas? Para responder a todo ello es necesario tener claras las prioridades de nuestra política fiscal  en el futuro y realizar las propuestas políticas que esas prioridades permitan.

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Como todos los Miercoles…

Como todos los Miércoles me gustaría comentar la sesión de control al Gobierno en el Congreso de los Diputados, ya que solo se puede ver en directo por internet y no por la televisión pública como sería de rigor en un país democrático en la que las decisiones de sus políticos son teóricamente públicas. Quiero hacer valer este blog para comunicar lo que ha pasado en el Congreso tanto en el careo de Zapatero y Rajoy como en el de María Teresa Fernández De la Vega y Sáenz de Santamaría.
Empecemos por el principio. Rajoy discute con Zapatero por la subida de los impuestos y le acusa de ahogar a los ciudadanos y mentirles 5 días después de unas elecciones en las que según Rajoy, Zapatero había anunciado la recuperación. Rajoy le dice que ha subido los impuestos y Zapatero le contesta que la presión fiscal es más baja porque ha modificado IRPF, Sociedades y Patrimonio lo cual deja una presión fiscal dos puntos por debajo (32%) de la que se encontró a su entrada en el Gobierno. Rajoy le reprocha anunciando que si le ha bajado la presión fiscal a Zapatero -como si fuera una fiebre- es a causa de su política económica -mala, que lo dice Fernández Ordoñez, o sea Cristo reencarnado- y de la parálisis de la actividad. Ambos tienen razón, para qué comentarlo.
Lo interesante de estos debates viene siempre de nuestras números 2. Y en este caso, de nuevo victoria para De la Vega. O sea, que llevamos muchos meses criticando al Gobierno porque sus previsiones se quedaban cortas y cuando se actualizan, en función de los datos disponibles e incluso algunas son más pesimistas que las más pesimistas del más agorero de los economistas agoreros, resulta que ahora son un engaño porque hace cuatro días hablábamos de brotes verdes y de la virgen María económica. Resulta, que en 2007 aun quienes acertaron a predecir la crisis (1 de cada 100 previsiones acertadas por cierto) se equivocaron en sus previsiones pero la actualización de las mismas para ellos vale y para los demás no. Si las hace el PP, que en su programa electoral llevaba 200.000 trabajos prometidos más que el Gobierno, el PP no se equivoca, solo actualiza. Si lo hace el Gobierno, es el demonio, cuanto menos. Son previsiones, si todos sabemos que de las millones que salen a diario se cumplirá una.
No sé, tengo serias dudas de que, por mal que lo pueda estar haciendo el Gobierno, la oposición que padecemos se merezca alguna recompensa pues, como bien ha dejado claro mi supervice, se preocupan únicamente de las elecciones y la ambición de poder.