SALVAR LAS ENSEÑANZAS. ¿REGENERAWHAT?

Solo el PP está dispuesto a sentarse encima del hormiguero mientras bajo él todo se mueve a una velocidad vertiginosa. Ayer, sin ir más lejos, Cayo Lara comunicó que no se presentará a las primarias de Izquierda Unida. Con este cambio, tan solo Rosa Díez y Mariano Rajoy aguantan como líderes visibles de los principales partidos —al menos en el Congreso— tras las elecciones europeas, aunque no porque hayan hecho muchos méritos.

Estos aires de novedad no solo tienen que ver con los cambios en las caras de los principales líderes. Forman parte de la respuesta de los partidos políticos a una necesidad de cambio que, por otro parte, no se limita únicamente a acabar con la lacra de la corrupción y los efectos de la crisis. Va más allá. Los españoles tienen otra cultura, otra manera de pensar. Nuestra media de edad ronda los 40 años, muchos no somos hijos de la dictadura y concebimos la democracia como la única forma de gobierno, pero esta ha de estar acorde a nuestros intereses y a nuestro futuro.

Desde luego que la utilidad de la democracia no la medimos o definimos mediante el grado de afininad o adhesión que podamos tener al pacto constitucional de 1978. Aquello ha alcanzado su caducidad en este último lustro. Apenas podemos encontrar instituciones, actores o colectivos que no estén puestos en cuestión: ¿tenemos un buen sistema electoral?, ¿funciona el sistema judicial?, ¿son los partidos políticos de la confianza de los ciudadanos?, ¿es la monarquía parlamentaria la única jefatura de Estado posible?, ¿el sistema autonómico funciona correctamente?, ¿para qué sirve el Senado?, ¿producen nuestras leyes laborales y nuestro tejido productivo una vida digna, sostenible y emancipadora para la mayoría?. Así hasta ciento.

Hoy, en España, quedan pocos —como el Presidente Rajoy— que se atrevan a decir que no son necesarios cambios políticos profundos. Las medidas de «regeneración» democrática han salido a la escena con tanta fuerza como lo haría Johnny Depp en una de sus películas. Lo malo es que no se trata de una ficción. Las necesidades y las urgencias son reales. Y para ello, el Regeneracionismo, con su dialéctica y su lenguaje, ha vuelto sin que durante la historia de España haya demostrado su utilidad en términos prácticos. ¿Recuerdan a Joaquín Costa? —era su máximo exponente tras el desastre del 98—.Todo lo más que se cumplió de su programa fue la llegada de sendos «cirujanos de hierro», salvapatrias que actuaban como mesías a los que molestaba todo aquello que no se moviera en su dirección. Antes que ellos se quedaron por el camino todos aquellos que, por su cuenta y riesgo, sin contar con el conjunto del país, trataron de sacar adelante un programa regeneracionista, dejando tras de sí un legado más bien pobre que jamás consiguió salvar el régimen político en el que les tocó operar; y con sus fracasos empeoraron la situación.

La película no va por ahí. En el párrafo anterior lo importante no es salvar el régimen político en el que nos toca operar. Una de las cosas que tiene mi generación es que no consideramos el consenso y la Constitución de 1978 como el fruto inconsumible e incuestionable de la Transición. La democracia, para nosotros, es la única forma posible de gobierno. Pero esta, en concreto, necesita mejorar. Lo importante, para mí, es que seamos capaces de ponernos de acuerdo acerca de cuestiones tan importantes como qué país queremos y cómo lo vamos a conseguir.

«¿Pactará usted con Podemos o con el PP?». Son preguntas que me molesta escuchar y que nos alejan del propósito real. Para alcanzarlo hace falta quitar lastre del pasado. No hay una España que salvar sino un país por reconstruir. Estos 36 años no nos los quita nadie, pero no volverán. Cuando lo tengamos claro, aprendamos del pasado y pongámonos de acuerdo por una vez en nuestra historia para reformar una Constitución que dure muchos años y que sea útil a nuestras generaciones.

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