23-F

De la Transición Española se han dicho muchas cosas. Desde luego unas mejores y otras peores porque en realidad lo positivo de la transición, en aquel momento histórico –y no en el de ahora- fue precisamente su mediocridad o, más bien, su ambigüedad y falta de concreción sobre asuntos que entonces eran cuestión menor (piénsese, por ejemplo, en las diferencias competenciales entre CCAA). Lo importante de la Transición es que desde entonces gozamos de mayores cotas de libertad, tenemos acceso a servicios públicos que son derecho universal, y podemos ejercer nuestras opiniones de acuerdo a nuestra conciencia política, ejerciendo nuestro derecho a la participación de muchas más formas de las que nos parecen, y que muchas veces los críticos, valiéndose más de la fe absoluta en su propio discurso que en la realidad, devalúan y menosprecian.

Retomando, 30 años después, la historiografía ya ha escrito bastante sobre lo que supuso el 23-F -y también elucubran algunos sobre lo que pasó, pero esto es menos importante, a mi modo de ver- para la reciente historia de España. La cuestión más importante ha sido que a partir del 23 de Febrero se abandonó la idea de un poder político en la sombra comandado por las Fuerzas Armadas. Durante el siglo XIX fueron muchos los generales o capitanes envalentonados que decidieron levantarse para “librar a España” de “los políticos” que la llevaban por mal camino, que la tenían “secuestrada” o, sencillamente, no hacían lo que ellos querían. El drama de un ejército como árbitro provocó cambios de Gobierno (Espartero, Serrano, Cánovas…) y desembocó finalmente en la dictadura franquista. Semejante anomalía fue abordada de lleno –en este caso sí- a partir de la aprobación de la Constitución.

La Constitución atribuye al rey el “mando supremo de las FFAA” (art. 62.h) y encarga al gobierno –civil- la “administración civil y militar y la defensa del Estado”. Es decir, es el poder Civil el que está autorizado para defender el Estado y puede utilizar como instrumento a las fuerzas armadas, sin que puedan estas actuar con autonomía. Están sometidas, pero no a un poder arbitrario sino al poder de la ley emanada del órgano representativo de la voluntad popular. Si ésta es la mejor forma de representarlo es otro debate. De momento es el que es.

Ahora bien, escribir esto en una Ley está muy bien, y seguramente esté escrito en la mayoría de Constituciones españolas, al menos desde 1869, pero otra cosa es qué papel iban a pretender reservarse muchos elementos del estamento militar. Muchos militares trasladaron gradualmente su lealtad y obediencia al nuevo sistema democrático gracias al Rey aunque paralelamente se aprobaban artículos constitucionales como el que reconocía la existencia de distintas “nacionalidades” en España. (Art. 2.)

Un papel especial se reserva al Teniente General Gutiérrez Mellado, creador del Ministerio de Defensa a partir de Julio de 1977. Dotó al mando militar de una Junta de Jefes de Estado Mayor (Jujem) formada por los jefes de Estado Mayor de cada Ejército y presidida por un cuarto miembro que rotaba entre las tres armas y que si situaba bajo la autoridad del Presidente del Gobierno. Otra señal más de subordinación. Durante su mandato, Gutiérrez Mellado impulsó la profesionalización de las fuerzas armadas y la erradicación del pluriempleo y luchó por conseguir la equiparación de los sueldos militares al de los funcionarios civiles, logrando un aumento salarial del 21%. En 1980 se aprobó una Reforma del Código de Justicia Militar que redujo la jurisdicción militar al ámbito castrense poniendo fin a más de medio siglo de Ley de Jurisdicciones (1906) en la que se permitía que el ejército juzgara a todos aquellos que pudieran criticar o dudar de sus acciones y pretensiones.

No obstante hubo militares que desde bien pronto se negaron a supeditar su opinión a las disposiciones del poder civil. En enero de 1978, Milans del Bosch, a la sazón, mando superior de la División Acorazada Brunete, se mostró crítico con los nombramientos llevados a cabo por el Ministro Gutiérrez Mellado. Por eso fue ascendido a teniente general y nombrado capitán general de la III Región Militar, con sede en Valencia. Posteriormente, sucesivos nombramientos también fueron criticados, ahora desde un status superior, lo cual demostró que su ascenso no tuvo efecto balsámico alguno.

Pero estos nombramientos no fueron lo que exaltó a los militares. Fue la manipulación ejercida por la prensa ultra – El Alcazar, El Imparcial- sobre dos cuestiones:

La violencia terrorista.

El proceso autonómico.

La culpa de esto la tenía, según esta prensa, Adolfo Suárez, (ya veis que en este sentido no han cambiado tanto las cosas). La Guardia Civil y la policía armada habían sido las más castigadas por los atentados de ETA. Hay que recordar que los protagonistas de la llamada operación Galaxia, Antonio Tejero y Ricardo Sáenz de Ynestrillas habían estado en Euskadi prestando servicio. Efectivamente, ETA gastó mucho tiempo y priorizó su estrategia en acosar a los mandos militares para que rechazaran el sistema democrático. Para que se alzaran como “salvapatrias” y desde luego casi lo consigue.

Suárez dimitió porque, entre otras cosas, no pudo mantener el liderazgo de su Grupo Parlamentario. La división interna entre socialdemócratas por un lado, y democristianos y liberales por otro llevaron al partido a una situación de división insostenible. Suárez se encerró en La Moncloa mientras acosaba la crisis económica, la división de su partido, su grupo y su Gobierno. A partir del verano de 1980 se acrecentaron los rumores de un golpe militar y de la formación de un gobierno de “concentración” presidido por un militar de prestigio. A esto se unió precisamente la reunión entre Enrique Múgica y Alfonso Armada terjiversada, al menos en lo que ha trascendido. En Octubre ETA asesión a diez personas en apenas dos semanas. A lo largo de esos meses se produjo un creciente distanciamiento entre el Rey y Suárez, seguramente por el temor del Rey a que su identificación con Suárez pudiera arrastrar de alguna forma a la Corona y por el conocimiento más o menos preciso de los rumores sobre un golpe de Estado. A Suárez no le quedó otra que dimitir ante las presiones de casi todas partes en una jugada que no deja al Rey en el mejor de los lugares pero que, es verdad, debería haber apaciguado a quienes planeaban un golpe de Estado.

Sin embargo, pocos días más tarde se demostró que esto no era así. Cuando el Rey se fue al País Vasco fue abucheado e interrumpido por la izquierda abertzale lo cual pudo ser interpretado por el ejército como un ataque a la corona. Ese mismo día apareció el cadáver de un secuestrado por ETA, al parecer un ingeniero nuclear. Y 10 días antes del golpe un preso de ETA fallecía tras un interrogatorio, lo cual dio lugar a un ataque parlamentario del PSOE en defensa de prácticas policiales alternativas a las consagradas en el ADN de la policía tras cuarenta años de dictadura. Este debate levantó el ánimo de la prensa de ultraderecha acerca de los escrúpulos que los socialistas exigían con quienes mataban militares, guardias civiles y a españoles.

En este contexto entra Tejero. En un contexto de deterioro político importante en el que el trabajo de sometimiento al poder civil estaba todavía a medio hacer, pero que se consagró de forma definitiva a partir de 1981-82 y a partir de la supresión del Servicio Militar obligatorio.

El significado del 23-F es valioso porque supone el último intento del ejército de formar parte del rumbo político de España. Por las leyes de armonización autonómica que se aprueban a partir de entonces. Pero especialmente por el papel del Rey. Hasta entonces, don Juan Carlos no había gozado de la confianza y legitimidad que desde entonces, estudio tras estudio, mantiene en su persona.

Del Rey se han dicho muchas cosas. Que si lo sabía – es evidente que el Rey sabía que podía ocurrir- como Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas. Se dijo que había dos cintas con mensajes contrapuestos, tesis rechazada desde hace años, pero que implica que la emisión de una en vez de la otra supone una traición a los militares. En definitiva, lo que se sabe y está probado son los telegramas pidiendo a Milans que haga desaparecer los tanques de la calle o responsabilizándole de una posible guerra civil. También está probado su mensaje final, el testimonio de decenas de personas que hablaron con él bien porque eran militares y el Rey les llamó para que mantuvieran el orden constitucional, o bien como una diputada embarazada con la que mantuvo conversaciones al salir del hemiclo y que se conocen desde hace años.

El caso es que el golpe no triunfó porque el Rey no quiso que triunfara. Si el Rey hubiera sido el instigador del golpe, de la misma forma que se valió de la lealtad militar para aplacarlo podría haberle apoyado. ¿Utilizó el Rey a los militares? Los militares han declarado que no. En todo caso si lo hizo ha sido el primer Rey capaz de derribar un golpe de Estado de semejantes características en más de un siglo.

Desde aquel momento, las cosas casi siempre han ido a mejor. Ahora bien el miedo al progreso se ha instaurado hasta cierto punto y la ultraderecha tiene ahora tanta o más voz que entonces. Habrá que esmerarse en mantener al personal del lado de la idea democrática y yo creo que se puede hacer.

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